Palazzo Belmonte

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TAT

05/11/2006

Costa Cilento


En la verde y monumental Comarca de Cilento, el Palacio Belmonte rezuma su glorioso pasado durante el Reino de Nápoles.

Un retazo de la Italia borbónica que promete una naturaleza protegida, un rincón de la región de Campania que exhala mediterraneidad donde su historia aún palpita y no contaminada por el cemento, se trata de la comarca de Cilento: este vasto territorio al sur de Salerno, que de Paestum se extiende por la costa hasta el golfo de Policastro y, hacia el interior, hasta los Montes Alburnos, forma parte de esa Italia por descubrir que reúne todos los méritos para ser explorada.

Cilento es una tierra repleta de testimonios arqueológicos, artísticos y ambientales que el Consejero de Turismo de Campania, Marco Di Lello, define rica de localidades extraordinarias que atrae un número de turistas cada vez mayor.
Esta soleada zona es también la patria de la gastronomía mediterránea cuyos productos locales de la tierra y del mar -que resulta más sabrosa con el perejil, la albahaca y el romero al máximo de su aroma por estos parajesconstituyen un valor añadido para Cilento.
Centro de interés turístico es Castellabate, la antigua villa, donde desde lo alto hacia el atardecer, la vista del castillo abarca la costa entera que se va tiñendo de rojo desde Punta Tresino a Punta Licosa. Y aprovechando los días de atmósfera límpida se perciben todas las curvas de la Costa Amalfitana, delineándose Capri e Ischia en el fondo del panorama.
Desde el puerto de Santa María de Castellabate, a sus piés, se puede alquilar una barca de pescadores en el Ce-Sub, el centro submarino. Para los amantes de la inmersión, estas aguas invitan a maravillas como un parque marino (toda la costa es zona protegida) y un yacimiento arqueológico bajo las aguas.
Poco distante, otro puerto bien equipado es el de San Marco donde la costa prosigue más abrupta hasta Punta Licosa, un espolón rocoso, cuyo nombre se debe a la mítica sirena Leucosia que salvó la vida a Ulises… y la gira llega a su meta en el puerto de Ogliastro Marina.

Por tierra, a lo largo del primer tramo de carretera que desde Santa María conduce a Palinuro, hileras de olivos y largas lenguas arenosas acompañan al viajero que ya en el puerto de Palinuro, encuentra a disposición embarcaciones para dar una vuelta por las bellas grutas que agujerean las rocas del lugar.
Volviendo a la carretera, la próxima etapa es Marina di Camerota donde también se puede alquilar una lancha motora para encontrar las calitas secretas entre las fantasiosas grutas: Cala Fortuna, Monte di Luna o Cala Bianca.
Otra sorpresa es Porto degli Infreschi, una maravillosa ensenadura natural donde tras desembarcar, un sendero nos conduce a la iglesita de San Lazzaro, el único testimonio de presencia humana. O la Gruta Frigorífico que debe su nombre a la baja temperatura, aprovechada hasta no hace mucho para conservar el atún.
Hacia el interior del territorio, la primera parada la merecen las Grutas de Castelcivita donde cinco niveles de cuevas ascienden desde el río que las ha ido esculpiendo a través de los siglos.
La gira continúa en la grandiosa Cartuja de San Lorenzo en Padula, cuya iglesia barroca luce un magnífico altar, antiguas cocinas en perfecto estado de conservación además de la famosa escalera helicoidal de la biblioteca, las frescas bodegas y las celdas de los monjes, visitables durante los meses de Julio y Agosto.

En este espléndido territorio, entre verdes frondosidades y cristalinas aguas tirrenas, surge discretamente el Palacio de un príncipe de rancio abolengo, cuyas vetustas piedras y centenaria vegetación manifiestan el ambiente del lujo de antaño: silencio, privacidad y deleite de una naturaleza intacta que se respeta en esta especie de oasis florido, a los piés de la antigua villa de Santa María di Castellabate.
Edificado en el siglo XVII por voluntad de la familia del Príncipe Belmonte, fue destinado a residencia veraniega y pabellón de caza en el que los Reyes de España y de Italia se solían retirar para sus cacerías de jabalíes y de codornices por el vasto coto que rodea el Palacio.
En la actualidad, cinco espléndidos acres de parque componen un contexto reservado y sereno, diseminado de naranjos y limoneros, donde estallan hibiscos, adelfas, rosas, jazmines y buganvillas que a cascadas colorean las antiguas murallas.
El Príncipe, que sigue viviendo en un ala privada del Palacio, fiel a la elegante y armoniosa arquitectura original, ha adaptado el interior de este monumento del Seiscientos en confortables alojamientos o suites, espaciosos y dotados de una acogedora decoración para que el huésped se sienta como en su casa.

Los apartamentos ocupan la primera y segunda planta de tres sectores del edificio, mientras que, anexo al núcleo principal, se yergue la llamada y sugestiva ‘Casa de Eduardo’ con habitaciones que se distinguen con denominaciones de flores e hierbas aromáticas.
Algunos de estos aposentos se embellecen con techos abovedados y se alegran con terrazas encantadoras, cuyas vistas se asoman a los jardines, al antiguo patio de entrada o directamente al mar y al centro costero de Santa María.
Para las zambullidas, se puede escoger el agua dulce de la piscina rodeada de una espesa arboleda que repara del sol, y de un bar para el que desee refrescarse también la garganta, o bien bajar unos escalones y acceder a la playa privada de fina arena dorada, preparada para recibir a los clientes playeros con suaves toallas, sombrillas y cómodas tumbonas además del servicio de bar-cafetería.
Cabe resaltar el menú que ofrece el restaurante del Palacio a base de las típicas especialidades mediterráneas con sabores enriquecidos por los productos locales, como las blancas mozzarellas de búfala o las soleadas frutas y verduras que se pueden degustar en la terraza de la piscina durante el almuerzo o en el llamado ‘Belvedere’ a la hora de la cena que, envolviendo con su panorama marino, fragancias naturales, sugestiva iluminación con antorchas y velas y exquisito servicio, crea un ambiente mágico e irreal que, por la atención dedicada, podríamos definir de otros tiempos.

A la salida, dejando atrás las altas cancelas del Palacio que protegen al afortunado visitante de este increíble lugar, a pocos metros de distancia se introduce de lleno en la vida de Santa María, animada por tiendas para todos los gustos, pequeños restaurantes, bares, cafeterías, bancos y un variadísimo mercadillo semanal al aire libre.
Y sería un error considerar esta residencia nobiliaria -que costea el Parque Nacional de Cilento, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco- sólo como un hotel de alto nivel, dado que constituye una morada histórica en donde se invita a sus huéspedes a vivirla como la disfrutaba un noble de hace unos siglos, un privilegio que el Príncipe ha mantenido para rememorar el placer de los ocios principescos y de las comodidades patricias del pasado.
Para alternar con este lujoso reposo, los lugares de la ancestral cultura de Cilento proponen alguna que otra visita de sumo interés arqueológico, como los templos de Paestum, a media hora de coche; o Velia, nombre dado por los romanos a la que fue colonia griega, menos conocida turísticamente, a unos 40 minutos; al igual que Herculano y Pompeya, las ciudades con las ruinas más famosas del mundo o, a aproximadamente una hora, se puede llegar a la grandiosa Cartuja de San Lorenzo, en Padula, fundada en 1306, uno de los más emblemáticos monumentos de la Italia sureña. Sin olvidar Castellabate, antiguo núcleo de casas enganchado en la colina de San Michele, en el que domina el castillo levantado por el fraile benedictino, San Costabile, destinado a refugio de la población local para defenderse de los ataques de piratas que infestaban la costa cilentana, propiedad de los Belmonte hasta inicios del pasado siglo.

Es curiosa la historia de la familia Belmonte, de origen italiano y español, que poseía vastas propiedades en toda Italia y en el Norte de España. Eran dueños de 12.000 hectáreas de tierra, cerca de Barcelona, en donde uno de los antepasados del Principe fue Domenico Pignatelli, Marqués de San Vicente, General de la Artillería y de la Caballería, General en el Principado de Cataluña, Gobernador y Comandante de la provincia de Extremadura, Virrey y Capitán General del reino de Navarra y de Galicia, marido de Doña Ana Aymerich la cual ligó sus títulos españoles a la rama italiana de los Pignatelli. Otros antepasados del Príncipe Belmonte han marcado la historia política italiana y eclesiástica como Antonio Pignatelli, hijo de Domenico, el embajador que firmó el tratado de paz entre el Rey de las Dos Sicilias y Napoleón; el Papa Inocencio XII (1691-1700) o el Cardenal Gennaro Pignatelli de Belmonte (1908-1948).
Otro dato curioso que vincula esta tierra a España es que el vino tinto procedente de la propiedad de los Belmonte en Licosa, era de tan alta calidad que el Rey de Nápoles, Carlos de Borbón, tras ser coronado Carlos III, Rey de España, ordenó que se lo llevaran a la Corte de Madrid.

Carmen del Vando Blanco

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